POR BASTIEN REVECO / FOTOGRAFÍA SCORPIO ISSUES / STYLING FUCK BOY INVESTIGATION

El pasado 4 de abril se estrenó la nueva película queer de Alberto Fuguet, “Cola de Mono”, que se proyectó en distintos países como Estados Unidos y también  por primera vez en Francia donde los críticos, elogiosos, afirmaron que la película “tiene el mérito de sorprender y tomar caminos inesperados al mismo tiempo que despliega una vuelta en escena sensual, de ensueño y vertiginosa”.

Mezclando diferentes registros como el thriller, el erotismo y el drama, “Cola de Mono”, cuenta sobre la inusual historia de dos hermanos, Borja y Vicente, interpretado por dos hermanos  « reales » Santiago y Cristóbal Rodríguez Costabal. En este juego de espejo, Borja y Vicente son dos protagonistas que parecen estar en total oposición. Uno es el estereotipo del estudiante de arquitectura adorado por una madre viuda y ultra autoritaria, mientras que el segundo, el más joven de la familia es un freak, un cachorro solitario que fue trágicamente abandonado por un padre crítico de cine quien puso fin a sus días cuando Borja aún era niño. En pleno descubrimiento de su sexualidad y mientras parecen fascinados por la belleza masculina, el dúo se dará cuenta de que comparten gustos y deseos comunes, pero también un profundo y secreto sufrimiento causado por la represión política y social que los restringe a ellos y miles de otras y otros. 

¿Qué tan complejo fue proyectar una cotidianidad de toda la vida a un guión?

SANTIAGO: Fue complejo en la medida que todo trabajo artístico/creativo es complejo. Requirió mucho ensayo, en una primera instancia varias lecturas de guión para encontrar el tono de la historia, para conocernos primero como familia, encontrar a esa madre y a esos hermanos. Ayudó que con Chogui fuésemos hermanos en la vida real, porque ya existía una historia que nos unía hace 25 años. Eso generó una complicidad natural, incluso cosas que nos anteceden, gestos, maneras, cargas familiares. Eso se debe transmitir de alguna manera en la pantalla.
Recalcar también que era recrear un día en el año 86. Eso también supuso un estudio de época y un ejercicio de entendimiento de los cuerpos y las acciones distintas a las de hoy. Cómo se leía por ejemplo, o la música en cassete en el walkman, poner un vhs, etc.

Durante el rodaje de la escena en el parque, mucha gente reclamó sentirse incómoda y no querer participar de la película. ¿Cómo te sentiste al retratar la misma escena 33 años después en un Chile donde las prácticas sexuales en parques son menos comunes que en esa época?

S:  No me consta que las prácticas sexuales en parques sean menos comunes hoy en día. Quizás porque en dictadura había más represión, había más hueveo. Puede ser.
Para mi esa escena fue una experiencia muy enriquecedora a nivel actoral ya que debía desear con los ojos, disfrutar ese voyeurismo de Vicente, pero a la vez mostrar su represión, su miedo, su culpa. También la escena en sí tenía algo de peligrosidad. Los extras fueron super jugados, no tuvieron problema en hacer cosas sexuales entre ellos, semidesnudos, cuando recién oscurecía. Y la sensación era de que nos iban a decir algo, de la municipalidad; o que alguien alegaría… Pero tal cual como suceden esos encuentros, medios anónimos y semi ocultos, así pasó la escena, y en un lugar donde históricamente se practica el cruising.

En la película es posible observar que ustedes como hermanos sufren fluctuaciones que van desde la sensibilidad, ruptura y reconciliación, ¿en qué punto de ese círculo emocional se hace presente el erotismo?

S: Lo erótico al estar vinculado al deseo sexual, se puede presentar en la cabeza del espectador en cualquier momento. Depende de gustos. En la pelea, en la reconciliación. Cuando leen. Finalmente depende de cada uno y sus gustos.

¿Qué tan necesario es el sexo a la hora de querer representar erotismo en una película?, ¿podría no haber habido sexo en la película y ser erótica igual?

S: Absolutamente creo que sí. Creo que una de las escenas más ‘eróticas’ de la película es la de Borja solo en la pieza de su hermano. Ahí no hay sexo propiamente tal. Ni siquiera se hace el gesto de masturbación. Es él borracho tocándose y descubriendo su sexualidad como por primera vez. Luego de sacarse la ropa y liberarse, se pone un jockstrap y se libera aún más. Se pone a bailar. Todo eso puede resultar ultra erótico.

Todavía ser gay en chile tiene un estigma y pareciera que es algo que la vuelta a la democracia todavía tiene pendiente. ¿Consideras que ser gay hoy por hoy sigue siendo una cuestión represiva? ¿Qué elementos realmente han cambiado desde entonces hasta ahora?

Cristóbal: No sé si represiva, pero si es una cuestión violenta. Mientras no existan los mismos derechos para homosexuales y heterosexuales no podríamos estar hablando de una democracia propiamente tal, en ese sentido claro que es un tema pendiente. Es como si no fuesen merecedores de esos derechos, es un atentado a la dignidad de los seres humanos y la negación de la dignidad del otro es de por sí absolutamente violenta. A nivel institucional no hemos avanzado mucho, considerado que recién a comienzos del siglo XXI se despenalizó la sodomía, es decir, antes del año 2000 te podían llevar preso por ser homosexual. Imagínate todas las generaciones que nacieron y se criaron bajo el amparo de esa ley, y las manifestaciones que eso pudo haber tenido en sus familias, amigxs. O sea, estamos hablando de ocultar tu sexualidad, reprimirla. Siempre las sociedades avanzan más rápido que sus leyes, por eso hoy en día podemos ver el tema del orgullo gay, que es un concepto muy potente si lo comparamos con lo vivido en el siglo pasado. El hecho de sentirte orgulloso por lo que eres, por quién eres implica que las personas puedan vivir en paz consigo mismos, siendo aceptados por sus pares o no, pero viviendo tal como eres, sin ocultarse ni reprimirse. Eso es lo principal que ha cambiado a mi parecer.
Para resumir, el crimen de Mónica Briones, lesbiana asesinada a golpes en dictadura, sigue impune y en su momento no se le tomó ninguna importancia. Tuvo que pasar lo de Zamudio para crear un proyecto de ley antidiscriminación, pero antes de Zamudio también hubo otros casos como el de Nicole Saavedra. No sólo la homofobia está arraigada en el ADN chileno, sino el machismo y el clasismo.