Por Gothicolita. Obra: Flores, M. (2019) “Autorretrato” [Óleo sobre lino]

María José Flores Pinto es artista visual. Nacida en Santiago de Chile el año 1980, ingresó a estudiar Artes Visuales en el año 2014 en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, institución donde previamente, egresó como Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales en el año 2008. Especializada en derecho tributario y comercial, su vida laboral se desarrolló como asesora de diferentes empresas y corporaciones hasta su ingreso a la carrera de Artes Visuales.

La obra de la artista se desarrolla dentro de la representación pictórica figurativa, lugar desde donde tensiona conceptos como la marginalidad y el género, ocupando para ello imágenes provenientes de la cultura de masas, la historia del arte y el contexto social. Representando así, activistas lesbofeministas, figuras de la disidencia sexual y drag kings de la escena nacional chilena como Ethan Sword

Conversamos con María José sobre su proyecto “Mala Mujer”, las tensiones a la heteronormatividad que rondan su obra y la práctica feminista vinculada a la pintura y el ejercicio jurídico.

“Neoheroica”
Óleo sobre lino; 160 * 120 cm.

¿En qué consiste el concepto de “Mala Mujer”?

Mala mujer es un concepto acuñado junto a la artista Barbara Guerra, a partir de elementos tanto biográficos como de observación de los paradigmas, o más bien, el quiebre de los mismos, que han venido sucediendo en la realidad chilena en estos últimos 20 años.

Consiste en la resignificación y reapropiación de un adjetivo negativo, un comentario peyorativo o una crítica, que se le ha formulado a todas aquellas mujeres que en algún momento de su vida han decidido, ya sea de forma consciente o por necesidad vital, romper con paradigmas heteronormados del género, desde los roles que debemos asumir las mujeres o directamente al género mismo como construcción social.

A partir de eso, en el concepto de mala mujer no solo caben las díscolas, sino también las lesbianas, trans, disidencias; en definitiva, todas aquellas que han decidido vivir en el margen de la heteronormatividad.

Dentro de lo biográfico, debo destacar que el feminismo no fue algo que llegara temprano a mi vida, más bien todo lo contrario. No obstante, a lo largo del tiempo, me fui dando cuenta que mi vivencia siempre se vió marcada por una crítica precoz y constante: que muchas de mis actitudes y decisiones eran “demasiado masculinas”. Esto siempre me generó incomodidad, una etiqueta de ‘no ser una mujer propiamente tal’, algo así como un ser defectuoso, una madre, una esposa, una hija o una amante que falló.

En el análisis de las actitudes y decisiones me hacían una mujer incompleta, caí en cuenta que eran justamente aquellas que renegaban de los roles que se esperaban a una mujer de esta (y cualquier) época. Esto me hizo cuestionar si lo defectuoso era yo, o una sociedad que nos sigue pidiendo en el siglo XXI que asumamos el papel de madre devota, esposa e hija complaciente. En definitiva, ser mujeres pasivas y sin voz.

Dentro de este análisis, fue clave la disconformidad de género de mi hije Evan. Hubo un momento en que me vi con muy pocos argumentos para ‘defender’ el género femenino, y que en realidad, su decisión es una forma rotunda y valiente de romper de raíz con todo el paradigma y limitaciones impuestas, desde el momento en que decidí perforar su orejas y vestirle de rosa. Mi historia y su historia son dos caras de la misma moneda, ambas somos malas mujeres, la diferencia radica en la forma en que vivimos el adjetivo. Mi hije claramente fue más valiente y decidió asumir el margen en su totalidad. 

En definitiva, Mala mujer engloba a todas aquellas mujeres que han decidido configurarse desde el margen social.

“Evan”
Pastel sobre papel; 30 * 45 cm

¿De qué forma ha estado presente ese concepto en tu obra?

El concepto de mala mujer se presenta de tres formas en mi trabajo. Primero, como un referente directo a representar: mis modelos son malas mujeres. Temas como el drag, lesbianismo, disforia, el mal amor, marginalidad social, capitalismo, la fragilidad, ya sea propia o de otros, son centrales en mi producción.

El segundo abarca al referente conceptual en sí mismo, yo interpelo al observador mostrando el margen, o eso intento. Mis temas se vinculan de una u otra forma con malas mujeres.

Pero creo que lo más importante, es que el ojo que observa y la representación está mediada porque yo soy una mala mujer pintando. Toda la toma de decisiones en mi trabajo se encuentra cruzada por mi vivencia, no puede ser de otra forma. Ahí es donde entra el deseo, la pulsión. 

¿Qué elementos consideras clave en tu trabajo?

Para mi la pintura es fundamentalmente la representación de una pulsión, el deseo. En mi caso, ya no es el ojo de un hombre que desea, como tradicionalmente ha sucedido en la historia del arte, sino el ojo de una mujer que se apropia de sus modelos, de sus amores, de sus dolencias y las representa porque es una necesidad vital hacerlo.

A mi parecer, si bien una obra puede ser objeto de deseo en sí misma desde el momento que puede instalarse en un mercado regido por las reglas del capitalismo neoliberal, la mirada del espectador escapa de esta lógica. Me interesa que la persona que observe mis pinturas sienta la pulsión, sienta el deseo gratuito que nace del solo hecho de observar, y de esta forma se aleje de la lógica del consumo que hoy tratamos de romper.

Con este fin, el principal elemento con el que trabajo es el color. Vengo de una escuela donde el uso de los colores terciarios, colores sucios, era casi obligatoria. Yo rompo con eso y presento al color limpio, vibrante, armónico o chocante según lo necesite la tela, de forma que entre en el observador como un impacto. Si la pintura es deseo, el color es la caricia.

Otro elemento fundamental es el gesto pictórico. Si bien la pintura obedece a sus propios tiempos, en que me puedo demorar un año en terminar una tela o una semana, en el momento de ejecutar me gusta el gesto rápido y suelto. Creo que eso tiene relación con evitar sobre mirar, sobre pensar la representación y ejecutar conforme el cuerpo, la emoción lo va pidiendo. Me gusta que eso quede, que sea visible al espectador que pintar es esa necesidad del pintor, ya no solo por el ego, sino porque se consume al hacerlo. El deseo busca consumir lo deseado, siempre.

El color y el gesto me exigen un gran formato. Los formatos pequeños me hacen sentir constreñida, castrada. Así como antiguamente las pinturas eran utilizadas para mostrar al pueblo los hechos importantes, me gusta pensar que mi trabajo utiliza el mismo recurso para mostrar una época. Si bien muchas mujeres han utilizado y utilizan el gran formato, no deja de ser cierto que históricamente a las mujeres se nos ha confinado a un formato pequeño y a una determinada forma de representación. Esto hace que mi elección de formatos grandes sea un gesto político de ruptura, así como también el uso del color, del gesto, todos elementos atribuidos a lo que podríamos llamar una pintura “masculina”.

Soy una mujer que desea como mujer, pero pinta con el desparpajo de un hombre.

“Ethan Sword”
Óleo sobre tela; 200 * 180 cm

¿Cómo eliges a las modelos con las cuales trabajas?

La elección de mis modelos pasa por dos filtros, si podemos llamarlo así. El primero es qué me interesa representar, la belleza o ausencia de ella.

El segundo obedece a algún elemento biográfico que me haya llamado la atención porque me permite plantear un cuestionamiento acerca de la sociedad que estamos construyendo. Por ejemplo, ahora me encuentro trabajando en una serie de pinturas de personas o situaciones que tuve la posibilidad de vivenciar en Buenos Aires. Todos ellos antisistémicos, bohemios y libres.

Me llamó la atención una chica en particular: Ana. Ella es hermosa, “re copada”, y está perdidamente enamorada de un chico que si bien tiene la belleza de los seres libres, me habla de esa incapacidad de vincularse que a veces se esconde en estas relaciones abiertas. De seguro si Ana fuera mi amiga yo le diría “amiga sal de ahí”, sin embargo, otra parte de mi empatiza con ella y entiende que hay amores que son a pesar de uno mismo, que nos desangran. Observo la historia de Ana y la pintura de titula “Ana no duerme”, pero no duerme por él, por vivir su vida, él es libre mientras consume a un otro sin darse cuenta. Ahí nace la pregunta: ¿Podemos ser libres en un sistema capitalista sin consumirnos de alguna forma?

“Ana no duerme”
Óleo sobre tela; 150 * 110 cm.

¿Qué te lleva a retratar aquellos personajes?

Los retrato porque me seducen, ellos o su vida. Porque me interpelan de forma directa, me remueven, me permiten tocar el margen y de alguna forma mostrarlo.

Además de artista visual tienes estudios en leyes, que has utilizado para facilitar espacios feministas. ¿Existe algún vínculo entre la práctica feminista y la pintura?

Hace poco escuché a un hombre decir que el feminismo carecía de objeto desde el momento en que las mujeres habíamos llegados a los cargos de poder y habíamos dejado de estar confinadas a labores terciarias y al hogar.

Yo, que tuve la oportunidad en este país de estudiar dos carreras profesionales liberales y desarrollarme profesionalmente, no dejo de cuestionar las violencias de las que he sido objeto, lo que tuve que negar de mi misma para estar donde estoy ahora. No creo que un hombre tenga que pagar el mismo precio, ni menos que partamos desde el mismo lugar. 

Develar esta realidad y otras, es lo fundamental de la práctica feminista actual y en eso la pintura puede jugar un papel crucial, que no es diferente al que ha jugado desde que intentara responder la pregunta “arte – vida”.

No creo que la pintura tenga la potencialidad en sí misma de dar una respuesta, no aspiro a eso, sin embargo, considero que una imagen tiene una capacidad sólo igualable a la vivencia de interpelarnos, incomodarnos, y por medio de ello, plantear una pregunta. La potencialidad de incomodar de la pintura es lo que hace el pintar tan feminista como activar un espacio. Mi pintura no es ingenua, es política, así como es político ser mujer o decidir no serlo.